Pensé que mi historia se parecía a la de Rut

10 de agosto de 2026
Hoy me hice una pregunta que nunca antes me había hecho:
¿A qué mujer de la Biblia se parece mi historia?
Mi primera respuesta fue Rut.
No tuve que pensarlo demasiado.
Quizás porque durante mucho tiempo relacioné su historia con comenzar nuevamente después de perder algo que alguna vez imaginaste que permanecería.
Y de eso sé un poco.
Sé lo que es mirar una historia terminada y preguntarte qué haces ahora con todo lo que habías imaginado.
Sé lo que es continuar sin saber exactamente hacia dónde estás caminando.
Y sé lo extraño que se siente descubrir que la vida sigue adelante cuando una parte de ti todavía está intentando comprender lo que pasó.
Por eso pensé en Rut. Pero mientras seguía pensando en ella, algo no terminaba de encajar.
Mi historia no comenzó allí. Antes de Rut, hubo una Agar.
Una mujer en el desierto preguntándose, de alguna manera, si alguien podía verla. Y tuve que quedarme unos minutos pensando en eso. Porque quizás durante muchos años yo también quise ser vista. No necesariamente de la manera que ahora puedo explicarlo. Simplemente había partes de mí que necesitaban sentirse escogidas, suficientes, importantes para alguien.
Y cuando existen heridas que todavía no sabemos nombrar, muchas veces construimos nuestra vida intentando responderlas sin darnos cuenta. Hoy puedo verlo. Antes no.
Por eso Génesis 16:13 significa algo diferente para mí ahora. “Tú eres Dios que ve.” El Roi.
Qué extraño pensar que pasamos tanto tiempo intentando conseguir de las personas la seguridad que solamente puede nacer cuando entendemos que Dios nunca dejó de vernos.
Entonces volví a pensar en Rut. Y entendí que sí. También hay una Rut en mí. No por Boaz. De hecho, mientras más conozco su historia, menos pienso en él cuando pienso en ella.
Pienso en una mujer caminando hacia un lugar desconocido. Sin garantías. Sin saber cómo terminaría aquello. Simplemente avanzando. Eso sí lo conozco.
Hubo un momento después de mi propio quebranto en que tuve que decidir que iba a continuar aunque no entendiera el próximo capítulo. Y quizás esa ha sido una de las cosas más difíciles y más hermosas que Dios me ha enseñado: no necesito saber cómo termina una historia para confiar en quien la está escribiendo.
Pero hubo una tercera mujer en la que no había pensado inicialmente. La mujer samaritana. Llegó al pozo cargando un cántaro. Y después de encontrarse con Jesús, lo dejó allí. Hoy esa imagen se quedó conmigo. Porque pensé en todas las cosas con las que yo también llegué a mi encuentro con Dios. Preguntas. Heridas. Patrones. Expectativas. La necesidad de entender.La necesidad de saber por qué.
Y poco a poco algunas cosas también se fueron quedando junto al pozo. No todas de una vez. Algunas todavía las sigo entregando.
Quizás por eso hoy escribo. No porque haya llegado al final del proceso. Ni porque tenga una historia perfectamente resuelta.
Escribo porque puedo mirar hacia atrás y reconocer lugares donde Dios estuvo cuando yo todavía no sabía identificarlo.
Hoy pensé que iba a encontrar una mujer de la Biblia que se pareciera a mí. Terminé encontrando tres.
Agar me recordó una versión de mí que necesitaba saber que era vista. Rut me recordó a la mujer que tuvo que aprender a seguir caminando. Y la mujer del pozo me hizo pensar en la mujer que estoy intentando ser ahora: una que ya no necesita cargar para siempre aquello con lo que llegó.
No sé cuál será el próximo capítulo. Y curiosamente, ya no necesito saberlo tanto como antes.
Por hoy me basta saber quién camina conmigo.
— Yamilette
