Mi pez, mi cueva y mi desierto: cómo Dios sanó mi corazón roto

Hoy no escribo como mentora. Escribo como mujer.
Hubo un tiempo en que sentí que mi vida se había detenido.
No fue solo una desilusión amorosa. Fue una ruptura interna. Una de esas que no solo rompen el corazón…rompen la imagen que tenías de ti misma.
Sentí que estaba siendo tragada por un pez. Aislada en una cueva. Caminando en un desierto donde nadie podía entender lo que estaba pasando dentro de mí.
No era solo tristeza. Era confusión. Era silencio. Era preguntarme cómo algo que creí correcto terminó doliendo tanto.
Estuve en manos de alguien que no supo honrar lo que Dios había depositado en mí. Y por un momento, eso me hizo cuestionar mi valor.
Lloré más de lo que admití. Callé más de lo que debía. Me culpé por cosas que no eran mías.
Y en medio de todo eso, Dios guardó silencio.
Ese silencio fue la parte más difícil.
Pero luego entendí algo que me cambió:
No fue una persona la que rompió el vaso. Fue el Alfarero permitiendo que se quebrara lo que estaba mal formado.
Yo llamaba amor a cosas que eran dependencia. Llamaba lealtad a tolerar lo que me disminuía. Llamaba paciencia a quedarme donde me estaba perdiendo.
Y Dios, en Su misericordia, permitió el quebranto.
No para destruirme. Para rehacerme.
Mi pez fue el lugar donde no podía escapar de mí misma. Mi cueva fue el espacio donde tuve que enfrentar mis heridas sin distracciones. Mi desierto fue la temporada donde Dios comenzó a desarraigar lo que no venía de Él.
En la profundidad me habló. En la oscuridad me confrontó. En el quebranto me alineó.
No fue inmediato. No fue místico. No fue espectacular.
Fue lento. Incómodo. Honesto.
Hubo días en que no sentía fe, solo cansancio. Hubo noches donde la oración era simplemente: “Señor, ayúdame.” Y eso fue suficiente.
Hoy puedo decir algo con humildad: Sigo en proceso.
Pero ya no huyo. No huyo del llamado. No huyo de la formación. No huyo del espejo.
Dios no desperdició mi dolor.
Lo usó para limpiarme. Para fortalecer mi discernimiento. Para enseñarme a amarme correctamente. Para enseñarme a no negociar mi identidad.
Lo que me tragó no me mató. Me procesó.
Y si tú hoy estás en tu pez, en tu cueva o en tu desierto…quiero decirte algo: Dios no te escondió para olvidarte.
Te está formando en secreto. No todo proceso es castigo. A veces es protección. A veces es corrección. A veces es preparación.
No sé cuánto tiempo estarás ahí. Pero sí sé esto: No saldrás igual. Saldrás más consciente. Más firme. Más alineada. Y más libre.
Y un día mirarás atrás y entenderás que el lugar que pensaste que te estaba destruyendo……Estaba reconstruyéndote.
