Hay cambios que una misma tarda en reconocer

Cuando llegué a los caminos de Dios, había muchas cosas que no entendía.

Y, con el tiempo, descubrí que también había muchas cosas de las que casi nadie hablaba.

No me refiero solamente a entender la Biblia, aprender a orar o comenzar a congregarte. Hablo de lo que sucede dentro de ti cuando realmente decides caminar con Dios.

De las preguntas. De las confrontaciones.

De las temporadas en las que Dios parece estar deshaciendo maneras de pensar que llevabas años considerando normales.

De descubrir que seguir a Cristo no consiste únicamente en añadir a Dios a tu vida, sino en permitirle entrar en lugares que quizá nunca habías examinado.

Tus motivaciones. Tus heridas. Tus deseos. Tus decisiones. La manera en que amas. La manera en que reaccionas. Incluso la imagen que tienes de ti misma.

Y eso toma tiempo.

Creo que una de las cosas que nadie me explicó fue que habría momentos en los que sentiría que no estaba avanzando.

Porque cuando estás viviendo el proceso todos los días, el cambio puede resultar difícil de percibir.

Te sigues viendo a ti misma.

Conoces tus luchas.

Sabes las áreas en las que todavía necesitas crecer.

Recuerdas las veces que fallaste, las cosas que todavía te cuestan y las conversaciones que continúas teniendo con Dios.

Por eso, muchas veces somos las últimas en reconocer lo que Él ha hecho en nosotras.

Hasta que alguien más lo menciona.

“Has cambiado.” “Hay algo diferente en ti.” “Ya no reaccionas igual.” “Tienes otra manera de ver las cosas.”

Y comienzas a darte cuenta de que aquello que tú llamabas “todavía me falta tanto”, también podía coexistir con una verdad muy diferente: Dios sí ha estado produciendo fruto.

No ocurrió de un día para otro. Quizá tampoco ocurrió de la manera que imaginabas. Pero ocurrió.

Hay cosas que antes me dominaban y hoy ya no tienen la misma autoridad sobre mí. Hay pensamientos que antes aceptaba sin cuestionarlos y que ahora llevo delante de Dios. Hay situaciones que antes me habrían hecho reaccionar inmediatamente y que hoy me hacen detenerme, orar y preguntarme qué quiere Dios enseñarme.

Cuando Dios comienza una obra en nosotros, muchas veces el fruto crece silenciosamente antes de que podamos reconocerlo.

Pero hay algo con lo que todavía me enfrento: El temor de Dios.

Y no hablo de vivir aterrorizada pensando que Dios está esperando que cometa un error para castigarme. Hablo de esa reverencia profunda que me hace pensar: Señor, quiero agradarte. Quiero que lo que digo y lo que hago tenga coherencia con lo que digo creer. Quiero servirte en espíritu y en verdad. Quiero aprender a distinguir entre hacer algo porque parece bueno y hacerlo porque verdaderamente viene de Ti. Quiero que mi vida privada pueda sostener aquello que muestro públicamente.

Y quizás esa ha sido una de las partes más profundas de mi caminar con Dios. Mientras más deseo conocerlo, menos satisfecha me siento con simplemente saber acerca de Él. Quiero conocerlo. Hay una diferencia. Ya no quiero conformarme con escuchar lo que alguien más descubrió en la Palabra. Quiero abrirla y estudiar. Quiero hacer preguntas. Quiero conocer el contexto. Quiero comprender por qué una palabra fue utilizada. Quiero saber qué estaba sucediendo históricamente. Quiero conocer las raíces. Quiero entender aquello que durante años quizá leí rápidamente. No porque necesite saberlo todo para tener fe, sino porque cuando amas a alguien, nace el deseo de conocerlo más profundamente. Y ese deseo también me ha llevado a lugares que antes probablemente habría pasado por alto.

Y entonces llegué a Rosh Hashana.

Desde hace un tiempo he sentido curiosidad por comprender mejor las raíces bíblicas, el calendario hebreo y las celebraciones que aparecen en las Escrituras. No para reemplazar mi fe en Cristo ni para adoptar prácticas solamente porque son antiguas. Sino para aprender. Para volver a la Palabra con preguntas nuevas. Para entender mejor el contexto en el que tantas cosas ocurrieron.

Así llegué a leer más sobre Rosh Hashaná y, particularmente, sobre lo que la Biblia presenta en Levítico 23 como Yom Teruah, una conmemoración al son de trompetas. Y mientras aprendía sobre este tiempo, algo llamó mi atención: recordar, examinar, despertar. Tal vez porque describe bastante bien la temporada espiritual en la que me encuentro. Mirar hacia atrás y reconocer lo que Dios ha hecho. Examinar dónde estoy ahora. Y preguntarme qué necesita seguir transformándose en mí.

Porque estudiar la Palabra no solamente me está enseñando más acerca de Dios. También está revelando más acerca de mí. Mis intenciones. Mis prioridades. Lo que todavía temo. Las áreas donde quiero controlar. Las preguntas que todavía tengo. Y el hambre que ha nacido por conocerlo más.

Quizás por eso esta temporada capturó mi atención. No porque esté buscando una fecha que mágicamente produzca un nuevo comienzo. Sino porque me recordó que siempre hay espacio para volver el corazón hacia Dios con mayor profundidad.

Y hoy, mientras escribo esto, me doy cuenta de algo. Antes pensaba que crecer espiritualmente significaría algún día sentir que finalmente tenía suficientes respuestas. Ahora creo que está sucediendo lo contrario. Mientras más conozco a Dios, más consciente soy de cuánto me falta por conocer. Y curiosamente, eso ya no me frustra. Me provoca hambre. Hambre por Su Palabra. Hambre por aprender. Hambre por comprender. Hambre por vivir una fe que no sea solamente algo que profeso, sino una verdad que transforme la manera en que pienso, decido, amo y vivo.

Todavía estoy aprendiendo. Todavía hay cosas que no entiendo. Todavía hay áreas donde Dios me está formando. Pero cuando miro hacia atrás, puedo reconocer que ya no soy la mujer que comenzó este camino. Y quizá esa sea una de las evidencias más hermosas de la gracia: que mientras tú estás ocupada mirando todo lo que todavía falta, Dios ha estado produciendo silenciosamente aquello que un día otros comenzarán a llamar fruto.

Hoy mi oración no es saberlo todo. Es mucho más sencilla: Señor, conserva en mí el hambre de conocerte. Enséñame a temerte sin esconderme de Ti. A servirte sin buscar reconocimiento. A estudiar Tu Palabra sin perder el asombro. A reconocer el fruto sin volverme orgullosa. Y a permanecer lo suficientemente cerca de Ti para seguir siendo transformada.

Porque conocer más de Dios también significa permitir que, en Su presencia, Él continúe enseñándome quién soy yo. Y todavía quiero aprender.

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